Los límites también se diseñan
Históricamente, el ensayo ha ocupado un lugar privilegiado en la evaluación universitaria. Para muchos profesores, representa una oportunidad para observar cómo los estudiantes interpretan, relacionan y argumentan a partir de las ideas, preguntas y discusiones que se abordan en un curso. Sin embargo, algo empezó a llamar la atención de Juan Ricardo Aparicio, profesor del CBU Humanitarismo y poder.
“Fui detectando cierta tendencia hacia unos ensayos muy homogéneos, muy predecibles, muy bien escritos, pero después de leer varios, uno empieza a sospechar que hay unas tendencias, una cierta homogeneidad. Ensayos muy generales, muy de opiniones, sin mucha referencia a los textos de clase o a los hechos históricos de los cuales los textos o la clase hablan.
Entonces, digamos, ensayos muy asépticos, como sin carne, bien escritos, con argumentos claros, pero sin mucha carnadura. Evidentemente, a nivel de la nota, seguramente fueron ensayos que pasaron y tuvieron buena nota, pero después de un tiempo empecé a pensar si quizás no había algo más y no era hora de asumir que los estudiantes estaban utilizando la IA. A partir de ahí empecé a preguntarme qué decisiones pedagógicas tenía que tomar frente a esa realidad”.
Esta pregunta marcó el inicio de su revisión de la estrategia de evaluación de Humanitarismo y poder. Estas son algunas de las reflexiones que nos compartió a partir de su experiencia.
¿Qué aprendió al revisar la evaluación de su curso?
“Toda la historia que uno trae de enseñanza, de experiencias, de años y años en las clases importa. No se trata de arrancar de cero. Es justamente uno el que toma decisiones, el que sabe esto y el que está enfrentándose a algo que es nuevo, que genera irrupción. Desde ese punto de vista se trata de confiar en lo que uno tiene, en sus estilos pedagógicos.
Justamente en el acompañamiento con DIDACTA me fui dando cuenta de que el ensayo ya no era el momento cúspide de la evaluación. Eso significó desmontarme de la idea de que el ensayo es la única forma o el único momento de evaluación. Más bien empecé a pensar que el ensayo es tan solo uno de varios momentos”.
La revisión de la evaluación permitió hacer visibles procesos que suelen quedar ocultos cuando toda la atención se concentra en el producto final. La lectura, la investigación, la discusión y la escritura pasaron a ocupar un lugar central dentro de la experiencia de aprendizaje.
¿Cómo se tradujo esa reflexión en el diseño del curso?
“Lo primero que pensé es que no se trata de negar la IA. Tiene que haber una forma de evaluación donde los estudiantes aprendan a interactuar con estas herramientas para mejorar desde la comprensión de lectura hasta poder retroalimentar su ensayo.
Entonces, propuse tres momentos de evaluación:
Primero: Traer a la IAGen al centro de la clase, con unas orientaciones sobre cómo utilizarla, discusiones éticas sobre la IA y los protocolos de buen uso que ofrece la Universidad. También propuse un semáforo que indica dónde se puede utilizar, de qué manera y dónde definitivamente no se puede utilizar esta tecnología.
Segundo: Tenemos investigaciones cortas en clase. Los estudiantes se sientan a pensar, a diseñar, digamos, formas de reconstrucción de las islas luego de los huracanes o sobre el tema del COVID y las medidas que se tomaron para aliviar la población; recuerden que estamos en un curso de humanitarismo y poder. En estas investigaciones cortas los animo a construir un contexto, hacer un diagnóstico, utilizar distintas fuentes y, finalmente, realizar una presentación para toda la clase. Allí los estudiantes usan IA como nosotros los académicos la usamos: para sistematizar la información de manera muy rápida, trabajar con datos y bibliografía, y construir un análisis de contexto que, de todas formas, nunca será completo, que siempre habrá que cuestionar desde miradas críticas, desde por qué está esta evidencia y no otra.
Tercero: Tenemos lo que llamamos reacciones. Los estudiantes preparan las lecturas para el curso con apoyo de NoteBookLM, que les ayuda a organizar las ideas y les hace unos mapas conceptuales. Luego llegan a clase y, con lápiz y papel, responden una pregunta en diez minutos a partir de lo que han leído previamente”.
Detrás de estas decisiones había una pregunta más profunda que la integración de una herramienta. Como señala Karen Prieto, asesora pedagógica de DIDACTA que acompañó este proceso, la conversación se centró en identificar qué era esencial que los estudiantes aprendieran y qué procesos de pensamiento debían desarrollar. A partir de allí, Juan Ricardo pudo decidir cuándo la IAGen enriquecía esos procesos y cuándo era importante observarlos de otras maneras.
¿Cómo vivieron los estudiantes esta experiencia?
La propuesta también permitió observar cómo los estudiantes incorporaban la IAGen dentro de sus propios procesos de aprendizaje. El uso más frecuente estuvo relacionado con la preparación de las lecturas y la comprensión de los temas abordados en el curso.
Los estudiantes señalaron que la herramienta les ayudó a comprender textos complejos, identificar ideas centrales, organizar argumentos y explorar perspectivas que inicialmente no habían considerado. También la utilizaron para prepararse para las discusiones de clase y recibir retroalimentación sobre sus escritos.
Más allá de lo usos específicos, la experiencia favoreció una aproximación crítica a estas herramientas. Los estudiantes reportaron que contrastaban información, identificaban errores y evaluaban la pertinencia de las respuestas generadas. Además, reconocieron tanto el potencial como las limitaciones de la IAGen para apoyar su aprendizaje.
En lugar de sustituir procesos de lectura, análisis o argumentación, la IAGen pasó a formar parte de conversaciones más amplias sobre cómo aprender, qué evidencias considerar y qué preguntas formular frente a los problemas abordados en el curso.
¿Qué lugar sigue ocupando el criterio del profesor?
“Los profesores tenemos algo importante que decir. Podemos decir cómo, cuándo y dónde entra la IA. La IA ya está acá, no podemos obviarla y necesitamos decidir cómo utilizarla para todavía formar un estudiante que tenga autonomía, pensamiento crítico y sea el conductor que va manejando, en lugar de que sea la IA la que ponga todo a su disposición.
Como profesor tengo grandes preguntas sobre la evaluación. No hay soluciones simples, ni perfectas, pero sí debemos traer la IA al centro de la mesa y empezar a domesticarla, si es que se puede decir así, tratar de ver qué se puede hacer con eso”.
Pareciera que el desafío consiste en decidir qué experiencias de aprendizaje vale la pena preservar, transformar o fortalecer. Para Juan Ricardo, esa decisión llevó a repensar el lugar del ensayo, diversificar las oportunidades para observar el aprendizaje y hacer explícito el papel que podía desempeñar la IAGen dentro del curso. Pero también, y muy especialmente, lo llevó a definir qué procesos de pensamiento resultaba importante que los estudiantes desarrollaran por sí mismos.
Después de todo, los límites también se diseñan.