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agosto 12, 2026

Impresiones del congreso de integridad académica: nuevos ojos para nuevos problemas.

Como todo buen congreso que se precie, el tema que nos acompañó durante este XII Congreso de Enseñanza de la Ética y VI Congreso Latinoamericano de Éticas Aplicadas “Integridad académica: contextos, retos y oportunidades para la educación en América Latina”, permeó todos los espacios de la semana, los académicos y los lúdicos, donde las conversaciones se enriquecieron y profundizaron, donde las alianzas se cimentaron y donde las promesas se encarnaron en tareas personales.   

Hablar de integridad académica en 2026 no sólo era necesario, como siempre lo ha sido, era más que nunca una urgencia para la subsistencia de nuestro sistema académico. En esta época de tan profundas transformaciones educativas y laborales, donde la forma en la que se produce conocimiento, se transmite y se valida ha sufrido un giro copernicano, es inevitable sentir que no estamos hablando de un tema restringido a unos pocos y que la propia naturaleza del cambio, a través de la incursión de la Inteligencia Artificial Generativa (IAGen) en nuestras vidas, ha redibujado el problema hasta convertirlo en algo totalmente distinto.  

Con esta visión arrancó la semana, donde nuestra invitada Sarah Eaton, en el marco de su teoría del posplagio, nos enfocó el tema con una óptica diferente. Es evidente que el plagio y la integridad académica nunca volverán a ser lo mismo, ni se restringe a un grupo de malas prácticas. Va mucho más allá. La hibridación con la que trabajamos de la mano de la IAGen hace, a día de hoy, mucho más difícil trazar la línea entre lo que está bien y lo que está mal. De hecho, no es que esa línea se haya difuminado, es de facto, un borrado total. Con esa premisa, la del trabajo mancomunado entre estudiante e IAGen, arrancamos una nueva mirada a la integridad, en la que el trabajo diario se crea entre ideas propias, datos minados de fuentes lejanas y escritura perfeccionada por una máquina. Es inevitable dudar sobre la autoría de los textos que nos entregan los estudiantes ya que, sólo la intención detrás del mismo puede alumbrar una respuesta adecuada. Hasta qué punto un texto es propio cuando nos apoyamos en nuestro chat amigo, sólo se puede resolver sabiendo qué nivel de control hemos cedido a la máquina, qué tanto hemos revisado el resultado y cómo de fiel es frente a nuestra intención primigenia. Cuando somos capaces de suscribir cada coma y cada punto del producto bajo nuestros propios valores y concepciones de la realidad, podemos comenzar a suponer que estamos haciendo un uso legítimo del apalancamiento digital. Este entendimiento confronta nuestro pensamiento crítico a una realidad social donde la inmediatez prima sobre la calidad y donde no importa que los resultados obtenidos sean igual de inútiles que los propios objetivos establecidos.  

Es en este escenario donde nos damos cuenta de que la integridad académica ha dejado de ser responsabilidad de los estudiantes para convertirse en un valor compartido por toda la comunidad educativa y por tanto un problema que debemos resolver de la mano, tal como apuntaba Beatriz Moya en su última intervención.   

Nuestro queridísimo invitado Pablo Ayala propuso “abrazar la desesperanza”, no con su aliento pesimista, sino como esperanza auténtica basada en realidades palpables. La creación de centros de ética aplicada en nuestras universidades; la formación docente en marcha y el enfoque en formación, y no sólo sanción, de los comités disciplinares hablan de un cambio real en las dinámicas universitarias en América Latina. Si bien, estos avances deben ir de la mano de la fundamentación ética del discurso de la integridad académica. Esta es una tarea pendiente y urgente: sin sustrato moral, toda acción se vuelve un indicador vacío.  

Nuestro líder en integridad Uniandina, Andrés Mejía, identificó puntos claves de convergencia entre los participantes en el congreso. El cambio de los enfoques punitivos, insuficientes y desalentadores, están dando paso, en nuestras instituciones, a acciones dirigidas por la pedagogía, la capacidad de instalar en el estudiante una clara agencia moral y un trabajo de alineación por parte del profesorado que facilite el aprendizaje, aislando de raíz los escenarios que pueden llevar más fácilmente a las conductas no íntegras. Sin embargo, nos advierte también de la dimensión política de la integridad académica, la cual requiere de un mayor desarrollo para no caer en los posibles abusos que el propio discurso pueda suscitar. Como suele suceder, el perfeccionismo en las formas puede desembocar en un discurso autoritario y banal, que se aleje del foco más rápido aún de lo que la tecnología corre para crear los problemas que nos preocupan.  

Tampoco debemos tratar de tapar el sol con un dedo, los problemas de integridad académica no son el resultado de la IAGen, ella solamente los ha acelerado, como mencionó nuestra querida Juny Montoya. La obsesión con los resultados, por encima de los procesos hace que el problema se vuelva más visible, pero no nuevo.  El profesor que antes creía que eso no pasaba en su curso, no puede dejar de preocuparse ahora ante la sencillez con las conductas poco integras se hacen patentes. Ante esta realidad, no podemos detenernos, y este congreso sólo es un paso más en el camino, tal como señaló nuestro invitado Jean Guerrero Dib: la evolución del movimiento latinoamericano en estos últimos diez años (más publicaciones, congresos más científicos, más resultados medibles) llama a fortalecer el consorcio latinoamericano y la colaboración entre instituciones.  

Todos coincidimos en tres grandes compromisos: trabajar más en red, integrar sinérgicamente la perspectiva de la ética aplicada con la de la integridad académica y explorar más los modelos de prácticas restaurativas. Sin embargo, la premisa del posplagio es que el plagio ha cambiado. En esta tesitura, la invitación es a salir de la “pista de baile”, mirar la situación con nuevos ojos y buscar soluciones genuinamente nuevas. No servirá seguir poniendo los mismos parches a un problema que ya es otro. 

Escrito por Valeriano López Segura, Jefe del Centro de Ética Aplicada.