Crear en tiempos de IA
La comunicación, y en concreto la escritura, supuso uno de los grandes hitos en el proceso evolutivo del ser humano. Si bien muchos animales se comunican, la capacidad de plasmar de forma unívoca las ideas son la base de nuestra civilización, tanto es así que sólo llamamos historia a lo que está documentado, frente a la prehistoria. En el ámbito académico y científico, fue la escritura la que permitió crear, innovar e investigar. Sólo hasta que alguien se puso a escribir un rudimento de protocolo de acción, los resultados pudieron ser contrastados y mejorados. La escritura creó la ciencia. La escritura creó al ser humano.
Lo mismo ocurre con la creación como acción formadora de realidades. Un pájaro puede hacer un nido y lo podrá repetir mil veces, pero nunca creará la Casa de la Cascada, podrá cantar varias tonadillas, pero nunca hará los trece álbumes de estudio de los Beatles. La pregunta pertinente entonces es: ¿cómo podrá subsistir el ser humano en una era en la que la comunicación y la creación la podemos dejar en manos de una máquina y retrotraernos a un estado anterior, a ese en el que ni creábamos, ni necesitábamos comunicación más allá de unos cuantos signos y alaridos?
Escribir siempre ha sido un acto de rebeldía, pero más aún en estos tiempos. Sin embargo, no podemos suponer que nuestro quehacer diario deba ser continuamente una rebelión contra el sistema. En el mundo de la IAGen, el espacio de la escritura autónoma debe acotarse al ámbito de la creación. Mientras, la gran mayoría de procesos que hacemos no pertenecen a este ámbito. Resumir un texto, organizar un Excel, recopilar información, estudiar para un examen o crear un dosier de objetivos y metas para la oficina, no suponen procesos creativos, forman parte de la denominada escritura no creativa (Goldsmith, 2011). Tal como atisbó el artista Douglas Huebler antes de dejar su producción pictórica y escultórica, “El mundo está lleno de objetos más o menos interesantes; no quiero añadir más” (1969). Lo mismo podemos suponer de la escritura. Estamos rodeados de una ingente cantidad de información repetida, si no vas a decir nada nuevo, mejor sería que no lo escribieras.
¿Es eso lo que estamos haciendo cada vez que le pedimos una tarea a esta herramienta?, ¿Estamos creando solamente fotocopias de conocimiento que ya teníamos? El peligro de un uso de este estilo es claro para los que recordamos qué son las fotocopias. Cada vez que hagas una nueva la calidad va en detrimento, lo que se conoce como pérdida de generación.
Debe existir, por tanto, una forma de crear sin crear que sea lícita, ética y funcional. El propio Goldsmith en su libro “Escritura no creativa” explica qué diferencia una cosa de otra (2011). En un mundo lleno de textos es cómo se administra, se analiza, organiza y distribuye el texto lo que distingue la nueva forma de escribir. Lo mismo que pensó Huebler cuando se dedicó a fotografiar las obras de otros reinventando lo ya creado para dotarlo de nuevos sentidos.
Esta idea de la no creación encaja perfectamente con la teoría del posplagio que nos invita a explorar Sarah Eaton en su escrito “6 Tenets of postplagiarism: Writing in the page of Artificial Intelligence” (2023). No hay vuelta atrás, tratar de discernir qué parte de un trabajo escrito, una infografía o una diapositiva es humana y cuál no, es un trabajo infructuoso e inútil. En la era del posplagio trabajamos hibridados con la máquina rescatando saberes que tenemos, pero no los podemos definir y otros que ni siquiera sabíamos que existían, pero que aportan sentido al discurso. Sin embargo, el nivel de control y responsabilidad serán lo que defina cuán ético es el resultado. Tal como señalaba Goldsmith, será la digestión de la información la que dará cuenta de que una creación que, si bien puede ser no creativa, si será propia y funcional.
En el ámbito académico, tanto profesores como alumnos deben ser conscientes de esto, ya que la otra IA, la Integridad Académica, es un constructo compartido. Tal como señala Bretag, “La integridad académica debe entenderse como una virtud social y una práctica compartida; recae tanto en el diseño institucional y la labor docente como en la conducta del estudiante” (2016). Por ello, en este número de Señal IAGen proponemos analizar el uso responsable de esta tecnología tanto por parte de los profesores como de los estudiantes. A continuación, compartiremos lo aprendido en el congreso de integridad celebrado en julio en nuestra universidad, entenderemos dónde estamos sentados en el mundo del posplagio y propondremos un análisis a la creación académica para profesores y estudiantes.
Escrito por Valeriano López Segura, Jefe del Centro de Ética Aplicada.
Referencias
Bretag, T. (Ed.). (2016). Handbook of academic integrity. Springer.
Eaton, S. E. (2023, febrero 25). 6 tenets of postplagiarism: Writing in the age of artificial intelligence [Entrada de blog]. Learning, Teaching and Leadership. https://drsaraheaton.com/2023/02/25/6-tenets-of-postplagiarism-writing-in-the-age-of-artificial-intelligence/
Goldsmith, K. (2011). Uncreative writing: Managing language in the digital age. Columbia University Press.
Huebler, D. (1969). January 5–31, 1969 [Catálogo de exposición]. Seth Siegelaub.